Ok boomer!

La sociedad está separando a las personas y su etapas vitales en compartimentos estancos, como si fueran especies distintas.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Cada etapa tiene unas características predominantes, pero no son exclusivas de ese momento.

La infancia, es la edad del descubrimiento, todo es nuevo y sorprendente, es la edad del aprendizaje. La adolescencia, es el momento de la experimentación. La madurez, es cuando se sacan conclusiones y se reflexiona sobre lo aprendido. Y la última, que es la vejez, que es cuando uno se entrega al recuerdo.

Sin embargo, ninguna de estas etapas tiene una edad específica. Hay personas que nacen viejas y viven su vida añorando un pasado que muchas veces no han conocido, e imitando la vida de sus padres o abuelos. Buscan una seguridad, unas normas a las que asirse. Son los conservadores, y muchas veces, reaccionarios, los que tienen resistencia al cambio.

Otras personas no maduran nunca. Y funcionan siempre como niños, tratando de experimentar todo lo nuevo y sin pensar mucho en las consecuencias de sus acciones porque viven en el presente absoluto. Se dedican a vivir lo que hay sin aportar demasiado a la sociedad, digamos que son una especie de masa inerte que se mueve arbitrariamente como si fuera la carga suelta de un barco, movida por los vaivenes del consumismo, la publicidad y el pensamiento ajeno.

Otros tienen una actitud más adolescente, más de experimentar, pero ya con visión de futuro. Tratan de cambiar el mundo. Son idealistas, son los que tratan de mover el mundo. Creen en el progreso basado en nuevas ideas, no como algo acumulativo.

Los que llegan a la madurez, son los que consiguen afianzar los grandes logros de las otras etapas y conservar lo que hay de bueno en el pasado. Fruto de su reflexión se hace un buen caldo político y social. A día de hoy, son los más escasos. Ya que, el sistema de vida actual no incita a la reflexión, si no, todo lo contrario. Incita a ser un niño, a experimentar sin pensar. Es el puro consumismo, todo debe ser una experiencia, sin más, sin que te lleve a reflexionar. De alguna manera, se pretende el orgasmo infinito. Y eso es lo que mueve el consumo, que de momento es el único sistema productivo, a la espera de que se nos ocurra algo mejor.

Es incuestionable que el hecho biológico nos lleva en orden
cronológico a través de estas etapas. Pero también es cierto que, en cierta
medida, podemos decidir en cual, de estas etapas queremos quedarnos. Y también
es cierto que, siempre arrastramos ese niño que fuimos y que aún juega dentro
de nosotros, ese adolescente que soñó con cambiar el mundo, y que desde la
madurez podemos escoger un poco de cada etapa para crecer como personas y como
sociedad.

No entiendo por eso, la manía de clasificar a la gente por su edad. Está claro que cada edad comparte unas circunstancias que de alguna manera la hacen homogénea, pero insistiendo en las diferencias solo conseguimos separarlas aún más, cuando la realidad es mixta.

Las familias funcionan bien cuando todos se escuchan, cuando el adulto es capaz de parar y jugar con el niño que le ayuda a olvidar por un rato sus responsabilidades, cuando el niño hace compañía al abuelo y se entienden porque viven los dos en el presente, uno por falta de futuro y el otro por falta de madurez y ambos se contagian un poco. Cuando somos capaces de pensar que quizá la locura del adolescente se puede matizar y sacarle provecho.

No se trata de ir unos contra otros, o de intentar que prevalezca un tipo de actitud vital sobre otra. Todos nos necesitamos. Y aunque no hay duda de que los “abuelos cebolleta” existen, también hay que pensar que pueden adaptarse, quizá no son tan elásticos ni tan enérgicos como los jóvenes, pero tienen otras virtudes que les pueden complementar. Diversifiquemos por favor.

Estamos creando un mundo diseñado para la generación comprendida entre los 30 y los 45 años, como mucho. Son los que encuentran trabajo, los que se reproducen, los que compran casas y los que más consumen. Y el resto sobramos y se nos considera un estorbo, alguien al que hay que pagarle el colegio o el asilo, al que hay que cuidar y sacar de paseo, somos una carga y te hacen sentir como una carga. Eso a nivel familiar, a nivel empresarial solo existimos como target de posibles productos, pero olvidan que, para consumir, necesitamos también un trabajo. No todos los seniors están en consejos directivos, ni son asesores, ni tienen una fortuna para mantenerse desde los 45-50 años hasta el final de sus días.

Parece que para la llamada generación Z, totalmente mediatizada en el sector más literal de la palabra, pendientes de lo último, de lo nuevo, que cada vez caduca antes, no existe el futuro. Viven como si ellos no fueran a envejecer nunca y contemplan la madurez o la senectud como todo lo malo de la sociedad. Para los antiguos romanos, la senectud era toda edad a partir de los 55 años, la edad de la sententia, del juicio y la madurez y la sensatez, la edad de los senadores, los que dirigían con sus consejos. Lo increíble es que ahora, a esto se le contesta con un “ok boomer” no me sermonees, o déjate de monsergas. No se tiene en cuenta o da un poco de risa. Pero… ¡ojo millenials! una sociedad que no conoce su historia está condenada a repetirla. De momento, yo, ya os veo llevando la misma ropa que los boomers nos poníamos en los años 80, os veo escuchando las canciones que yo escuchaba y leyendo muchos de los libros que marcaron mi juventud ¿no sería también interesante escuchar a los “boomers” en persona? Seguimos aquí, estamos vivos y vemos, pensamos y razonamos con juicio. ¡Animaos! Los senior no tenemos prejuicios, estamos por encima de eso.

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